Política

Medicinas en tiempo de marihuana

Es no solo detestable sino desagradable ver la desfachatez con que se publica la contabilidad de las ventas y los impuestos recogidos o por recoger, ponerle un precio inferior a la libra de cerebro consumido o de huesos enterrados, o justificar y celebrar la medida liberadora de las drogas ilícitas, adictivas y mortales. Es detestable y desagradable el lenguaje y el discurso que esconde la verdad de los daños que se le hacen a los jóvenes y niños, para más tarde, hacerse la pregunta mundana e inmoral: ¿cómo pudimos evitarlo sin seguir siendo menos ricos?

El autor es médico pediatra y neonatólogo.

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El uso terapéutico de cannabis sigue investigándose. La evidencia concluyente de su beneficio terapéutico en cuatro condiciones, se publicó en diciembre de 2018: (1) el dolor crónico en pacientes adultos, (2) la náusea y el vómito inducidos por la quimioterapia, (3) los espasmos musculares en la esclerosis múltiple y (4) dos formas de convulsiones infantiles intratables.

Con la aprobación de la mal llamada “marihuana medicinal”, quisiera conocer las cifras nuestras de estas condiciones para reconocer la urgencia nacional de “sembrar marihuana medicinal”. Hay personas que genuinamente deben recibir cannabis medicinal para aliviar sus sufrimientos, pero hay que entender esta aprobación como riesgo de ser utilizada con despropósitos, con bruto interés económico, como un “buen salto” para la legalización de la marihuana recreativa y con una reglamentación no indemne al abuso de la prescripción.

A diario se hacen publicaciones de experiencias anecdóticas sobre su beneficio en diversas condiciones, cuya evidencia de probada utilidad carece aún de confirmación. Y ello sugiere que no se pueden hacer recomendaciones hasta cuando no se disponga de estudios controlados y con poblaciones de significancia estadística, que arrojen data sobre beneficios y riesgos.

Estudios como el de Rumi Agarwal y sus colaboradores, que examina la literatura revisada por pares, aunque pequeña también, señala la falta de pruebas que evidencien su utilidad en autismo, problemas del sueño, hiperactividad, ansiedad, problemas del comportamiento y de la comunicación, agresividad, depresión y el auto lastimarse. Igualmente, revela riesgos descubiertos en aquellos estudios con el uso de cannabis: psicosis severa, agitación, somnolencia, pérdida o disminución del apetito e irritabilidad, pero señala la necesidad de más y mejores estudios clínicos.

Es importante reconocer que la “marihuana medicinal” aprobada en los Estados Unidos para tres condiciones en adultos es una compuesta por THC (tetrahidrocanabinol), el componente adictivo de la marihuana, y CBD (canabidiol), el componente no adictivo de la planta. Eso debe alertar de los riesgos que su abuso produzca, como daños cognitivos en el cerebro del consumidor joven, el adolescente y el joven adulto, o en el producto o bebé de la mujer embarazada. El único producto puro de CBD es la forma pediátrica. Roncero y sus colaboradores señalan que, a pesar de que el uso de marihuana durante el embarazo ha ido incrementándose, la exposición prenatal al cannabis requiere más investigación, particularmente cuando revisiones iniciales sugieren su asociación con síntomas afectivos y el trastorno de déficit atencional e hiperactividad (ADHD). Baranger y sus colaboradores descubren serias consecuencias en el huésped uterino, que se extienden a los años de la adolescencia.

El cansancio que produce una sociedad sin empatía, una sociedad narcisista, una sociedad competitiva hasta el crimen o el delito, una sociedad del rendimiento material y materialista, es preocupante y evidente. En la sociedad del cansancio andamos por las calles atropellando con apuros a los otros, salimos del vecindario sin conocer a los vecinos, no levantamos las cabezas de las pequeñas pantallas de los celulares ni para compartir una cena o un saludo de buenos días o un permiso para pasar entre otros. Vivimos enquistados en nosotros mismos y cuando nos damos cuenta, internalizamos que no hemos vivido.

Hoy nada dura, todo fluye sin dejar rastro ni huella, no hay compromiso ni promesa, todo se reemplaza, la vida media de las cosas se reduce al apetito tecnológico por más ventas, nada queda.

Como si fuera poco, allanamos, con la legalización o el bautizo de medicinal, el camino para la prescripción de sustancias psicoactivas, que una industria ha sabido vender para cambiar de manos el negocio criminal de hacer adictos, enfermar y matar jóvenes y niños. La fiesta comienza, las bolsas de dólares no tendrán que ser enterradas ni escondidas, los depósitos bancarios serán fluidos, los traficantes podrán transitar “limpios” por las calles donde otros cruzan sin emociones en sus rostros ni en sus pasos, como ausentes, secuestrados sus cerebros por THC, y sus vidas truncadas por el opio y la heroína, y sus pulmones destrozados e inservibles mientras vapean, como los de los peores pacientes de quirófano para trasplante, harto impregnados de nicotina con sabores, metales y otras porquerías. Pero hay otros llenando bóvedas bancarias con el producto de esos asesinatos.

Es no solo detestable sino desagradable ver la desfachatez con que se publica la contabilidad de las ventas y los impuestos recogidos o por recoger, ponerle un precio inferior a la libra de cerebro consumido o de huesos enterrados, o justificar y celebrar la medida liberadora de las drogas ilícitas, adictivas y mortales. Es detestable y desagradable el lenguaje y el discurso que esconde la verdad de los daños que se le hacen a los jóvenes y niños, para más tarde, hacerse la pregunta mundana e inmoral: ¿cómo pudimos evitarlo sin seguir siendo menos ricos?

El autor es médico pediatra y neonatólogo.

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