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El grito de los glaciares

En lo inmediato, que la caída de una parte del gigante blanco Queulat no pase desapercibida. Su colapso resuena con los muchos otros glaciares que se desvanecieron en silencio. Tal vez por eso, el desprendimiento de Queulat quedó vibrando en el carpintero negro, el chucao, el pudú, el sapito cuatro ojos, la güiña y en el puma. El cóndor, aunque voló alto lo sintió en lo más profundo. Los bosques andinos patagónicos también percibieron su partida. La lenga, el maitén enano, el michay blanco, el coigüe de Magallanes, la tepa, el tineo, el chilco y el canelo, saben que el ciclo de la vida nace en esos vientres de agua de la cordillera

En lo inmediato, que la caída de una parte del gigante blanco Queulat no pase desapercibida. Su colapso resuena con los muchos otros glaciares que se desvanecieron en silencio. Tal vez por eso, el desprendimiento de Queulat quedó vibrando en el carpintero negro, el chucao, el pudú, el sapito cuatro ojos, la güiña y en el puma. El cóndor, aunque voló alto lo sintió en lo más profundo. Los bosques andinos patagónicos también percibieron su partida. La lenga, el maitén enano, el michay blanco, el coigüe de Magallanes, la tepa, el tineo, el chilco y el canelo, saben que el ciclo de la vida nace en esos vientres de agua de la cordillera. Compartir Twittear Compartir Imprimir Enviar por mail Rectificar

Inmenso y sobrecogedor, así se siente el sonido del desprendimiento en el glaciar Queulat, ubicado en la región de Aysén. No solo por su belleza destrozada en miles de pedazos o por la multidimensionalidad de sus efectos, sino porque somos parte de esa destrucción. La majestuosidad de los glaciares se desvanece frente a nuestros ojos y su muerte es consecuencia de nuestra depredadora acción humana.

Pero no basta con decir que el derretimiento glaciar es debido al aumento de las temperaturas del planeta producto de la crisis climática. Imprescindible es ir más profundo. Somos responsables de ese aumento de temperatura, tenemos leyes que no protegen, estado que no fiscaliza lo suficiente y ciudadanía que considera este un tema ajeno. Por supuesto, a esto hay que sumar la destrucción directa de glaciares con explosivos, caminos y contaminación por parte de la megaminería.

Trabajemos juntos para que siga fluyendo la música de las cascadas y no solo escuchemos los gritos de los glaciares heridos.

Según un estudio reciente publicado en Environmental Research, el principal responsable de la disminución de los glaciares de Los Andes centrales no es el cambio climático, sino la actividad minera. El estudio suizo de agosto del 2022 (Barandun y otros) demuestra que el material particulado de las minas llega a los glaciares, y lo hace desde hace décadas generando daño irrecuperable. Casi como sentencia, afirma que las partículas de polvo provenientes de las minas se adhieren a los glaciares y debido a su poca capacidad de reflejar la luz provocan cambios en el albedo generando aceleración del derretimiento. Los glaciares Olivares y la Paloma, los más cercanos a las faenas mineras de Los Bronces de Anglo American, son los más dañados.

¡No nos resignemos a solo seguir contando glaciares muertos o zonas glaciares en agonía! Así como el glaciar Queulat, el glaciar Thwaites en la Antártida también es una alerta dentro de un coro mundial que pide auxilio. Este último es llamado “el glaciar del fin del mundo” o “glaciar del juicio final” porque la extrema fragilidad de su base augura un desplome que podría elevar varios metros el nivel del mar.

Defendamos la vida. Aún podemos reconocernos y actuar en consecuencia de sentirnos hijas e hijos de la tierra. Más que solo tomar medidas de adaptación y mitigación al cambio climático debemos recuperar un camino que nos permita transitar hacia el bienestar y la armonía. Parece simple: dejemos de hacer lo que nos destruye.

En lo inmediato, que la caída de una parte del gigante blanco Queulat no pase desapercibida. Su colapso resuena con los muchos otros glaciares que se desvanecieron en silencio. Tal vez por eso, el desprendimiento de Queulat quedó vibrando en el carpintero negro, el chucao, el pudú, el sapito cuatro ojos, la güiña y en el puma. El cóndor, aunque voló alto lo sintió en lo más profundo. Los bosques andinos patagónicos también percibieron su partida. La lenga, el maitén enano, el michay blanco, el coigüe de Magallanes, la tepa, el tineo, el chilco y el canelo, saben que el ciclo de la vida nace en esos vientres de agua de la cordillera.

Dicen que el nombre Queulat, proviene del chono ‘sonido de cascadas’. Trabajemos juntos para que siga fluyendo la música de las cascadas y no solo escuchemos los gritos de los glaciares heridos.

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